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Venezuela: La mala de la clase



Es un tema delicado, polémico, incómodo. La publicidad de "mala conducta" que se ha llevado Venezuela en la última semana ha hecho que sus propios representantes en otros países estén renegando de ella. Sin ánimos de caer en fanatismo nacional, el cual no es más que un grillete para el progreso de cualquier país y un arma que utilizan los políticos para ganar elecciones, de verdad son lamentables las declaraciones de algunas personas que aseguran que no volverán a pisar el país en que nacieron.
Sí, es cierto que la inseguridad nos está desangrando, es cierto que el crimen contra Mónica Spear y su esposo fue lamentable, doloroso, injusto (como todos los crímenes, como todos nuestros muertos), pero también es cierto que en este país no todos somos malandros, no todos somos tracaleros, no todos somos asesinos a sangre fría esperando con un arma para matar a cualquiera y no a todos los que viven en un barrio venezolano hay que tenerles miedo. La mayoría sonríe, la mayoría se para temprano a trabajar, la mayoría se preocupa por el vecino cuando está enfermo y la mayoría te cuenta un chiste de cualquier cosa para alegrarte el día.
Sin embargo, tenemos problemas, muchos problemas y lo primero es reconocerlos. Cargamos con los féretros de nuestros muertos, con la delincuencia de nuestros jóvenes, con la cola es nuestros supermercados, con nuestra inflación, con nuestro desempleo. Cargamos con todos estos problemas que son nuestros y solo nuestros.
Decir que no reconoces a Venezuela, que no quieres saber nada de ella, que ya no es tuya y que ya no la quieres es completamente válido, pero irremediablemente fácil. Es como un maestro que tiene un niño que se porta mal y lo hace sentar al final del salón para no verlo, para que no interrumpa, para que no se mezcle con los buenos. La salida sencilla es dar la espalda al problema, esconderlo, maquillarlo, adornarlo con bombos y platillos para que no se vea tan feo.
La salida fácil nos hundió más en nuestros problemas. Es cierto que la continuidad en malas decisiones políticas han ayudado a que lleguemos a donde estemos, pero también es verdad que siempre fue más fácil dejarle toda la responsabilidad al gobierno. Nos hicimos los ciegos, nos vendamos los ojos. No le preguntamos a nuestros hijos de donde habían sacado ese dinero, por qué tenía más creyones en la cartuchera, ni por qué no hacían su tarea. Se nos olvidó que la enseñanza no se da sólo en la escuela, no nos involucramos, no nos quejamos con suficiente fuerza, no creamos suficientes organizaciones para prevenir la delincuencia y avalamos muchas políticas que han incrementado el desempleo.
No podemos criticar a los que se fueron, a los que se quieren ir o las que no volvieron. Quizás tú y yo haríamos lo mismo, quizás muchos quieran correr con la suerte de los que ahora están lejos. Sin embargo es lamentable escuchar a muchos hablar solo mal de Venezuela sin aportar una posible solución a los problemas. Es que es más fácil divorciarse que arreglar las diferencias, porque para que una pareja pueda reconciliarse lo primero que tienen que mirar es sus miserias, reconocer lo que cada uno hizo mal, lo que cada uno dejó de hacer, lo que aportaron para llegar a esta situación y lo que aportarán para salir de ella. Y si después de hacer esto aún nos queremos divorciar de Venezuela, hay que hacerlo con dignidad, sin pisotearla ni denigrarla con los demás. Siempre reconociendo que todas las cosas buenas o malas que se vivieron en ella te proporcionaron la posibilidad de crecer, hacerte más fuerte e impulsar tu vida y tu carrera.
Ariana Briceño Rojas

Ariana Briceño Rojas

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